Segundo domingo de Mayo. Una fecha comercial conocida y recordada por todos los que enaltecen y celebran la labor de una madre. Una fecha en la que este ser engendrador de vida recibe regalos, cartas, llamadas, abrazos, besos y que, por lo general, es tratada como una reina en este día, poniéndola en un altar mientras todos sirven a sus órdenes.
Siendo ésta una fecha tan especial para las personas del común, también lo es para las industrias, los negocios comerciales y, cabe resaltar, para los vendedores informales.
Es precisamente aquí, en este punto resaltado donde emprendo mi travesía en el centro de Armenia a observar las madres que trabajan el día de la madre.
A pesar de que, en lo personal, uno supone que todos los vendedores ubicados en las calles a las 3 de la tarde, un día de celebración, lo hacen por la situación económica y por el comercio tan movido en esta festividad, es triste pensar que estas reinas, madres o abuelas, que deberían de portar su corona con todas las de la ley, hoy, no la llevan puesta y simplemente hacen parte de este cúmulo de vendedores que intentan ganarse la vida.
Me bajé del bus en la carrera 18 con calle 19. El sol sofocaba, así tuviera puesta una bermuda, una blusa strapless y sandalias, era imposible ignorar el bochorno que se sentía.
La calle 19, como de costumbre, se encontraba llena de vendedores informales. Medias tobilleras, sandalias, aretes, accesorios para el cabello, cd’s, juguetes, bolsas para regalo y por supuesto flores son algunos de los artículos que se pueden encontrar en esta vía.
En cada puesto una cara diferente. Una cara cansada, exhausta, o quizás una con alegría fingida, para atender con entusiasmo a los clientes o una animada y contenta a pesar de las circunstancias.
Paso las calles y observo cada detalle a mí alrededor. Jovencitas trabajando mientras sus hijos pequeños las acompañan; madres trabajando a par con sus hijos; señoras en avanzada edad que permanecen de pie atendiendo su negocio.
Solas, acompañadas, como fuese, estas mujeres son la muestra de que las festividades sólo es pretexto para vender más.
Es el caso, precisamente de Doña Mélida y Doña Patricia, que, aunque son madres emprendedoras que buscan el sustento para su familia, poseen diferencias al percibir el mundo y en especial este día. Ambas, a pesar de estar bajo el sol inclemente, su actitud al estar trabajando es tan distante, tan diferente, que con sólo hacerles unas preguntas puede intuirse la manera como sienten su diario vivir.
Después de atravesar varias veces las calles y ver tanta gente, acercándose ya las 4 de la tarde, vi una señora a lo lejos, con venta de ropa interior, pañuelos, bolsas de regalo, entre otras cosas. El lápiz negro en sus ojos hacía que les diera un poco más de vida, aunque su expresión decía todo lo contrario. Sus arrugas, profundas para sus 41 años de edad, se marcaban con vehemencia y su fatiga no se disimulaba con una sonrisa. Con una voz ronca me dijo sólo su nombre, que estaba allí desde las 8 am y que todos los días comenzaba a trabajar a la misma hora. “Éste puesto no es mío, lo estoy cuidando sólo por hoy”, me contaba mientras llamaba la atención de sus posibles clientes. Ella se estaciona siempre al otro lado de la calle con su puesto de medias. Por hoy, ella se ganará un dinero extra aunque debe rendirle cuentas al dueño real de este puesto.
Desde hace 4 años esta madre trabaja en las calles. Antes trabajaba en una empresa, con su sueldo fijo, hasta que ésta colapsó, cortándole la seguridad de su sustento. Así, por la situación económica y por su edad, ella no pudo conseguir un trabajo fijo de nuevo, lo que la llevo a buscar otras alternativas. “No es fácil dar este paso, me dio salir a la calle y rebuscarme la plata. Ya me acostumbré”.
Como gran mayoría de las madres, Doña Mélida debe velar por su hija de 11 años, sus padres, que no pueden laborar más por su edad, y por ella misma.